El mayor enemigo de la esperanza en México es la memoria

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México es un país grande en todos los sentidos. Sin lugar a discusión, la nación atraviesa una severa crisis de descrédito y desconfianza en sus instituciones y en sus gobernantes. En la historia moderna de este país, nunca habíamos sentido lo precario y escueto de un Presidente de la República en cuanto a la aceptación popular. Enrique Peña Nieto entrega un país, que funciona, que marcha, que no es perfecto, que tiene problemas, que es pujante y que quiere salir adelante… pero también entrega desecha la confianza en su gobierno, con un pueblo pleno de hartazgo y un rechazo que en su momento fue útil para despertar a la ciudadanía y hacerla salir de un letargo infértil. Sin duda alguna, durante el sexenio que acaba de expirar se abonó a la democracia y pese a todo, se avanzó en la institucionalización y profesionalización de la administración pública federal.

A partir del 1 de diciembre, una nueva etapa de la historia nacional ha comenzado a escribirse. Andrés Manuel el candidato, el opositor, el anti sistémico, el agitador, el luchador callejero debe haber quedado atrás y no puede caber en el eslogan de la Cuarta Transformación. En contra sentido, López Obrador, ya presidente, el estratega, el planeador, el activista, debe perseguir la cordura, la mesura y la serenidad. Convertirse en Presidente es una misión ya lograda. Ser un hombre de estado, ejercer una gestión pública honesta y que fructifique para bien de los gobernados, construir un pasaje histórico memorable y del cual podamos sentirnos orgullosos, es una tarea que se antoja compleja.

Andrés Manuel López Obrador tiene nuestra atención. La de todos los mexicanos. De sus seguidores, de sus aliados, de sus detractores, de los actores políticos, de los empresarios, de las comunidades religiosas, universitarias, académicas, de los medios de comunicación, de la sociedad en su conjunto, de los nuevos opositores… incluso de los que se dicen reticentes al poder. También tiene el anhelo compartido de que le vaya bien, de que cumpla lo que se propone, de que saque adelante a este país. En el fondo, quienes no lo apoyan desean estar equivocados y es un hecho que él y sólo él, ha sido capaz de devolverle la esperanza perdida a un pueblo cansado de la corrupción, de ver ir y venir a unos y a otros que no han sido diferentes en el ejercicio del poder.

Con aproximadamente el 53% de los votos efectivos en el pasado proceso electoral, Andrés Manuel López Obrador goza de la mayor legitimidad política en el panorama mexicano. De inicio, le fortalece y le brinda niveles de gobernabilidad envidiables para al menos los últimos 4 ex presidentes, que no tuvieron tan tersa la pista de salida como él. La turbulencia generada por el cambio, es natural y comprensible. De hecho, los mercados financieros lo han tomado con calma y sin tantos sobresaltos, pese a los 3 momentos agudos que antecedieron a la toma de posesión del Presidente.

Es la hora de la verdad. Se deberán aprovechar las ventajas indiscutibles que te brinda el tener apoyo popular, mayoría parlamentaria tanto en la Cámara de Senadores como en la Cámara de Diputados.  Además, hay que hacer notar que al asumir con Morena al poder público, de momento dejaron un tremendo vacío y un hueco de gran tamaño que contenía a la oposición política de México, mismo hoyo que apenas se está empezando a llenar, y que al parecer, será un reducto cómodo del que obtendrán frutos y posiciones políticas casi en automático, los miembros del Partido Acción Nacional. Movimiento Ciudadano a su vez, ha levantado la mano y comienza a dar visos de que será un punzante visor crítico de los actos del gobierno federal. Otros partidos políticos titubean y no se arrebatan por tomar dicha estafeta, quizá por permanecer tocados por el resultado electoral, hundidos en crisis internas y hasta amordazados por la animadversión popular.

El pueblo de México hoy tiene esperanza. El cumplir con las ofertas y dirigir a un gobierno con tino y buen rumbo, es una misión de magnitud inusitada. El mayor enemigo de la esperanza en México es la memoria. La experiencias registra varios intentos festivos de dar el gran paso y hacer un gobierno de antología por varios personajes que asumieron en fiesta y entregaron a la postre, en velorio. De moda los refranes populares, aplica aquél que sentencia y vaticina “la burra no era arisca… la hicieron”.

Ahora es tiempo de pasar de la retórica a la gestión, aunque por elección presidencial, la persuasión será un elemento permanente que combinará la comunicación social con el periodismo, la lingüística, la mercadotecnia política y la comunicación gubernamental. La meta es influir a la opinión pública para conservar gobernabilidad. Para ello, la comunicación es una herramienta estratégica central. Si bien es cierto que comunicar no es gobernar, gobernar sí es comunicar.

Dos sendos discursos de Andrés Manuel López Obrador se convierten en guía y directriz para sus funcionarios, aliados legislativos y seguidores: el discurso inaugural que pronunció tras ser colocada la banda presidencial, icónica del mandato que asumió como presidente, mismo que se considera su discurso fundacional; y el discurso pronunciado en el Zócalo de la Ciudad de México, principal plaza pública del país, luego de recibir el bastón de mando de los pueblos originarios de nuestra nación.

En el cuerpo de ambas redacciones se encuentra el espíritu, la mística y los principales compromisos que intentara cumplir, pero además, inculcar y extender para que sean asumidos por quienes participen en su gobierno. Sin duda alguna, sus principios son correctos y sus trazos gruesos, convenientes. Combatir a la corrupción no puede molestar a nadie, más que a los canallas; trabajar por vencer a la desigualdad y beneficiar a los más pobres, es necesario, inevitable y justo; quitar privilegios, lujos y erradicar los abusos de los servidores públicos, es un ideal apropiado.

En primera persona asume el compromiso de no mentir, no traicionar y no robar al pueblo de México. Todo ello es maravilloso, todo ello es necesario. Sin embargo, las decenas de expresiones y compromisos externados, serán las unidades de medida de la evaluación de su desempeño. Su boca es la medida y sus compromisos cumplidos su boleto de acceso a la gloria y a la trascendencia política a la que anhela. Que cumpla y lo logre, por el bien de México. 

Artículo escrito por : Carlos Anguiano
2018/12/19 - 6:11pm